miércoles, 19 de agosto de 2009

Desleal

De repente, y como por arte de magia, se materializó un diablillo sobre mi hombro derecho. Dirigiéndose hacia mí, con voz altanera y una expresión a medio camino entre el que reprocha y el que da una lección, dijo:

- Mentalízate, ¡abre los ojos! No puedes salvar el mundo.

En ese momento, sin apenas tiempo para reprochar, de la misma forma que unos instantes antes había aparecido el diablillo, apareció ésta vez un angelillo sobre mi hombro izquierdo.
Mirándome hacía mí, y evitando el enfrentamiento directo con el diablillo, me dijo a modo de contestación:

- Al menos te quedará el orgullo de haberlo intentado, de haber sido fiel a tus ideales hasta el fin.
- ¡No merece la pena malgastar tu corta existencia –añadió exaltado el diablillo- procurando la felicidad de quienes a buen seguro dejarían caer la hoja sobre tu cuello si tuvieran ocasión!

Y así continuaron enzarzados unos minutos el diablillo y el angelillo. Aunque en realidad no eran tales, diablillo y angelillo. En realidad eran unas versiones en miniatura y algo caricaturescas de mi persona. “Diablillo” era la parte realista, la material. Lucía un traje oscuro digno de un velatorio y tenía una expresión entre deprimida y hastiada. “Angelillo”, en cambio, era la parte idealista, soñadora y perseguidora de sueños. Vestía de vivos colores con un atuendo que habría pasado desapercibido siglos atrás y que, sin embargo, no resultaba antiguo. Su mirada reflejaba una alegría y una fuerza moral realmente envidiables.

Y mientras diablillo y angelillo, realista e idealista, seguían enfrascados en su discusión abrí el cajón derecho de mi escritorio, introduje la mano en él y saqué un pequeño revólver de defensa personal que había comprado años atrás.
Acerqué la boca del cañón a mi sien y, sin dudarlo, apreté el gatillo mientras pensaba en aquellas personas por las que habría merecido la pena morir, aquellas que realmente habían merecido la “salvación”, es decir, nadie.

Motril 16/08/09


6 oyentes en el micrófono abierto:

Sophie 19 de agosto de 2009, 23:24  

Qué relato más duro y con un final inesperado, se me ha encogido el corazón y todo, niño. No conocía esa faceta tuya de escritor ;)

José GDF 20 de agosto de 2009, 18:34  

No esperaba tal desenlace... Incluso un pequeño escalofrío me ha llegado...

...Menos mal que son las seis y media de la tarde.

Luisa 21 de agosto de 2009, 19:30  

Hola. Vengo a visitarte y qué me encuentro¿?
Vale. El relato es interesante. El final, posible.
Pero a mí me gustan los finales más...¿alegres?
Un salu2 desde el Sur de España
Luisa

No entra mi comentario, así que lo intento desde la dirección antigua, a ver qué tal

Ŧirє 22 de agosto de 2009, 0:24  

el protagonista se equivoco..
que lamentable su eerror...¡¡¡
las personas por las que habría merecido la pena morir, aquellas que realmente habían merecido la “salvación”,...
no eran otra que el mismo
EL..
para poder amar alguien..antes debemos de amarnos a nosotros mismos....y ese es el unico camino para hacer que los demas se acerquen a nosotros....

que desperdicio ...¡¡
apretar el gatillo nunca es la solucion
(y yo sé que tu em entiendes..verdad? )

Nanny Ogg 23 de agosto de 2009, 18:14  

Me sorprendió el desenlace. Eso sí, no cabe duda de que, finalmente, ganó el diablillo pesimista.

Besos

erMoya 23 de agosto de 2009, 18:20  

Nanny:

Perdonad los demás que sea la única a la que contesto. Es que me interesa dejar clara una cosita por si no se ha entendido bien la historia.

No ganó el diablillo. No ganó nadie. Ése es el autentico desenlace.

El diabliyo, como el propio satanismo moderno, incitaba una existencia egoísta, hedonista, en búsqueda del placer propio y personal incluso, si fuese necesario, a costa de lo demás.

Besos!

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